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Tiempo de lectura: 6 minutos

“Quédate con quien te cubra del frio,
te cobije ante el miedo y te cuide del mal,
y todo eso suceda en un abrazo”.

El Principito

Hace días escuché una charla de Alex Rovira que hablaba sobre la economía de las caricias y me pareció muy interesante. Como él comentaba, la “economía de las caricias” es una teoría formulada por el psicoterapeuta estadounidense Claude Steiner (1935-2017), que plantea que el desarrollo emocional, intelectual, social del ser humano depende en gran medida de la abundancia o escasez de signos afectivos que recibe e intercambia a lo largo de su vida, sobre todo en su primera infancia.

Es decir, que nuestra sensación de abundancia o escasez de signos de reconocimiento influye directamente en nuestro posterior desarrollo psicológico, emocional, intelectual, social y físico. Son los abrazos, las miradas, las caricias, la ternura, las palabras de reconocimiento, los gestos amables y/o los silencios que recibimos desde que nacemos los que van modelándo nuestra forma de interpretar el mundo que nos rodea y también la manera en que damos sentido a nuestras vidas, hasta tal punto que cuando alguien no recibe la cantidad mínima adecuada para su supervivencia, podría entrar en un proceso de enfermedad y morir, y esto es válido a cualquier edad (véase en este momento los ancianos en las residencias).

Cuando caí en la cuenta de la importancia del intercambio de “caricias” en nuestro desarrollo personal, casi me eché a llorar, ya que al menos yo, en primera persona, me siento privada de ese intercambio tan positivo dada la situación social que vivimos desde hace meses, bajo el contexto de la llamada pandemia del coronavirus. Sometidos desde hace meses a una situación de aislamiento social, sin contacto, sin abrazos ni besos al saludarnos, sin sonrisa en el rostro ajeno en la que reflejarnos, sin gesto amable que poder compartir… sin duda la espontaneidad en el gesto afectivo se siente un poco coartada, repito, al menos la mía, ya que son muchas las veces que he vivido que la gente se separa si yo me acerco más de lo recomendable o me “riñen” si no llevo la mascarilla puesta, o retiran su cuerpo si yo amago con dar un abrazo… y eso cual lluvia fina va calando en mi también, por más que me sienta nutrida por dentro.

¿Estaremos perdiendo de vista el poder que tiene el intercambio de “caricias” para el desarrollo psicoafectivo y social de todos? ¿Hacia donde estamos caminando como humanidad?

Y esta escasez de intercambios afectivos que vivimos como sociedad, ¿de qué manera repercute en nuestra familia? y ¿cómo se manifiesta en esa segunda familia que para los niños es la escuela?

El Dr. Karmelo Bizkarra y yo escribimos hace un tiempo, en el artículo “Hacia una educación en el encuentro humano” que si en la escuela forzamos a los niños a rechazar los besos, abrazos, a ocultar las sonrisas, si les impedimos ser niños, jugar como niños, relacionarse como niños, expresarse espontáneamente como niños, estaremos creando un futuro oscuro para cuando esos niños se hagan adultos, estaremos generando unas relaciones congeladas, una sociedad fría, donde la criatura humana será menos humana.

Caricias negativas

Según Claude Steiner, el “apetito de caricias” es similar al apetito de comida; lo tenemos y no lo podemos evitar. Las caricias son imprescindibles para sobrevivir y si no las recibimos, las buscaremos a toda costa, incluso de manera inconsciente y a cualquier precio. Según él, en ausencia de caricias positivas, estamos dispuestos incluso a recibir “caricias negativas” antes que no recibir nada.

Nos cuesta soportar la ausencia, el vacío, y ante ello buscaremos sentir, aunque ese sentir nos hagamos daño o provoque un intercambio negativo. El vacío emocional nos arrastra a una especie de muerte en vida, mientras que la presencia de emociones, aunque nos causen dolor en el alma, nos recuerdan que estamos vivos.

Así que, por absurdo que parezca, preferimos el dolor a la nada, la bofetada a ser ignorados, la pena al vacío, el desprecio a la indiferencia, el grito a la apatía, ya que al menos ahí hay “otro” dónde nos podemos reflejar; no hay vacío, no es la nada…

Así que tal vez, la próxima vez que alguien a tu alrededor manifieste un comportamiento agresivo, rebelde, transgresor o disruptivo, te invito a indagar si tras eso lo que hay no es más que una desesperada llamada a las “caricias positivas”.

Y te invito a pensar también si en tu día a día y en tu entorno tu aportas caricias positivas, si siembras afecto en abundancia sin esperar nada a cambio, cual jardinero que cuida amorosamente su jardín hasta que éste florezca; y si sientes en primera persona que tu dosis diaria de intercambio afectivo es suficientemente satisfactoria para ti.

Amar y ser amado

Muchos estudios demuestran que la falta de afectividad (amor) es la principal causa de muchas enfermedades psicológicas, como la angustia, la depresión, la neurosis o la psicosis. Pero por paradójico que suene, la falta de amor no sólo la sufre quien no lo recibe, también la padece todo aquel que no lo expresa.

Según un estudio realizado por el psicólogo James Gross, en la Universidad de Stanford, no expresar las emociones puede acarrear graves daños psicológicos, generando altos niveles de estrés y ansiedad, tanto en quien suprime su expresión como en la persona con quien interactúa.

¿Recuerdas aquel movimiento que surgió hace no tanto tiempo de “abrazos gratis”? Por aquel entonces en las calles y plazas de ciudades y pueblos te podías encontrar con alguien que en un sencillo y simple cartel anunciaba su disponibilidad a regalar abrazos, como gesto de donar afecto hacia un mundo globalizado donde reina la desconfianza, los prejuicios, la economía de mercado feroz y el distanciamiento afectivo y social.

Tenemos que volver a reivindicar los abrazos gratis, los abrazos espontáneos, los abrazos de oso, los abrazos de corazón a corazón… los abrazos de cualquier tipo… ¿Cómo hemos podido tolerar que nos los hayan prohibido? ¿Cómo hemos podido permitir que nos priven de ese alimento humano, que es un bien de primera necesidad?

Y es que se ha demostrado que los abrazos son beneficiosos para la salud y nuestro sistema inmune. El acto de abrazar podría ayudar a liberar endorfinas, oxitocina (hormona que se relaciona con el afecto), serotonina y dopamina (que tienen un efecto sedante y producen una sensación de tranquilidad, bienestar y calma), y ayudar a reducir los niveles de cortisol. Y lo más interesante es que no sólo se produce este efecto mientras se abraza, sino que se prolonga mucho tiempo después.

Como es adentro, es afuera

La ley de la correspondencia recogida en el Kybalión (que resume las enseñanzas del hermetismo) dice: como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera.

Dicha ley viene a mostrar que la realidad externa es correspondiente con nuestra realidad interna; es decir, que de alguna manera generamos nuestra realidad y que, por tanto, si queremos cambiar algo del entorno que vivimos, hemos de hacernos conscientes de que sólo nosotros y nadie más que nosotros hemos creado dicha realidad.

¿Y qué supone esto? Pues que como decía Gandhi, tienes que ser tu el cambio que quieres ver en el mundo. La única posibilidad que tenemos de que algo cambie en esta realidad que a la mayoría no nos gusta, es ver dentro de nosotros que forma o dimensión tiene aquello que tanto nos molesta de fuera, del exterior, porque es dentro en nuestro interior, en nuestro microcosmos, donde podemos realizar la alquimia de la trasformación.

Esto se hace difícil de aceptar en una sociedad como la nuestra experta en buscar culpables fuera, pero te guste escuchar o no, el cambio empieza por uno mismo.

Así que como el cambio empieza por dentro, esto me lleva a preguntarme de una manera honesta si a nivel personal o familiar.

¿Estoy dando todas las caricias que corresponden?: ¿Cuántas veces al día digo te quiero, te aprecio, eres importante para mi?, ¿O agradezco algo que has hecho por mi?…

¿Me permito recibir todas las caricias que me merezco?:¿cuántas veces la vergüenza o el falso pudor me lo impiden?…

¿Pido las caricias que necesito?: ¿Soy capaz de pedir ayuda cuándo necesito? ¿O digo que no puedo sola y necesito ayuda?…

Y lo que es más importante, ¿me doy caricias positivas a mi misma?: me abrazo, me cuido, me valoro por ser quien soy?…

Y ¿digo no a las caricias negativas que acabarán dañándome?: ¿Cuántas veces me tomo como personal algo que no va conmigo?

Ya lo decía Miguel Ruiz en su libro ‘Los cuatro acuerdos’, no te tomes nada personalmente; nada de lo que hacen los demás es por ti. Lo que los demás dicen y/o hacen es una proyección de su propia realidad. Y cuando eres consciente de esto empiezas a liberarte de cargas innecesarias; de alguna manera empiezas a elegir el camino del no sufrimiento y de la curación.

Haz lo máximo que puedas

Nuestra vida no está escrita, la escribimos nosotros mismos en cada instante, con nuestras decisiones, con lo que pensamos, con lo que sentimos, con lo que hacemos… pero en ese hacer, aun dependiendo de las circunstancias, o de nuestro estado de ánimo, cuando lo hacemos desde el amor, como dice San Agustín, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos.

“Ama y haz lo que quieras, porque si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.

Así que en estos tiempos de incertidumbre y miedo-ambiente, en estos tiempos en que el contacto, el abrazo, el gesto amable es un bien casi en extinción, te invito a que en aquello que hagas, pongas lo mejor de ti; a que des y te des lo máximo que puedas, como dice el cuarto acuerdo de Miguel Ruiz, y que sea la semilla del amor la que te mueva. Son tiempos como dice el Dr. Karmelo Bizkarra de transformar el dolor en amor y poner el amor en acción.

Y parafraseando a Martin Luther King, aunque supiese que el mundo se acaba mañana, yo hoy daré varios abrazos.

Amalia Castro
Piscóloga Sanitaria Gi1716
Directora de Zuhaizpe

2 comentatios

  1. Adelina Cardona.

    Gracias.
    El regalo del dia tus palabras.

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