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Hacia una educación en el encuentro humano

Tiempo de lectura: 5 minutos

Ante el inminente inicio del curso escolar, queremos compartir nuestra preocupación como médico y psicóloga que somos, y como aita y ama, padre y madre, de una niña de 9 años.

La vida se construye con los encuentros. Lo decía Vinícius de Moraes: “La vida es el arte de vivir los encuentros, a pesar de los desencuentros”. Es en el encuentro conmigo mismo, con mi interioridad, y en el encuentro con los demás, como nos construimos. En el encuentro con el otro nos vamos conociendo y reconociendo. En la relación con el otro construimos nuestra personalidad e individualidad. 

Los seres humanos somos seres que convivimos, y como seres humanos que son, todos los niños y niñas del mundo necesitan el encuentro con el otro para crecer, anímicamente y físicamente. Nuestros pequeños son una antena que captan con todo su ser lo que pasa a su alrededor. Sus cuerpos tienen una resonancia, aprenden y aprehenden, lo absorben todo, in-corporan lo que ocurre, y todo ello tiene una influencia decisiva en su cuerpo y en su consciencia.

Si hay confianza crecen con confianza, y si hay miedo crecen con miedo. Rudolf Steiner comprobó que la alegría y la felicidad son la base de una constitución saludable. El filósofo austríaco afirmaba que estas emociones forman órganos saludables y que, por el contrario, otras emociones pueden llevar a la enfermedad. Cuando el entorno es agresivo hasta los órganos pueden ser dañados. No solo el cuerpo del niño se retrae ante la amenaza física de un adulto, se retraen igualmente todas sus células, como descubrió otro grande: Wilhelm Reich. El médico y psiquiatra, austriaco también, decía que ante el miedo prolongado, las células se ven reducidas en tamaño, lo que puede favorecer la aparición de cáncer en el futuro.

En estos tiempos extraños que vivimos podemos decir que los niños, como esponjas que son, han absorbido el miedo de sus mayores, y el miedo, entre otras cosas, provoca estragos en nuestro sistema inmunitario. Cuando una persona, niño o adulto, tiene miedo se elevan las tasas de cortisol y adrenalina, y al mismo tiempo disminuye las de linfocitos y de anticuerpos.

Esta enfermedad o crisis actual, que va mucho más allá de lo sanitario, está afectando a lo social y a las relaciones humanas. Esta crisis está separando a los niños de sus abuelos y abuelas, a los niños de los niños, y ahora también de los profesores. El distanciamiento no es pedagógico, y tampoco es humano, y con medidas que van contra la salud, no se puede favorecer la salud. La distancia siempre nos separa.

En la escuela, el niño además de teoría, necesita descubrir quién es, aprender a gestionar sus emociones, desarrollar sus potencialidades, expresar lo que ha venido a dar al mundo, necesita ser acogido, protegido y estimulado, necesita ejemplos dignos de imitar. Un maestro enseña más por lo que es que por lo que sabe y los niños necesitan a una maestra o maestro sin máscaras.

Como médico comprendo el uso de la mascarilla en un medio hospitalario, en un quirófano o en las unidades infectocontagiosas, así como su uso por parte de las personas enfermas, pero el uso de mascarillas en un entorno escolar no me parece apropiado, más cuando a día de hoy existen muchas más dudas que certezas sobre los vectores y las supuestas formas de contagio. La propia Organización Mundial de la Salud, de hecho, entre las recomendaciones publicadas el 22 de agosto desaconseja el uso general de mascarillas en niños de 6 a 11 años. Tampoco deberíamos pasar por alto que en ese sentido vamos a ser el país más restrictivo de toda Europa.

Inevitablemente con la mascarilla los niños van a respirar más por la boca, y cuando respiren por la nariz, el aire que habitualmente entra en nuestro organismo en forma de flujo laminar, ante la barrera de la mascarilla, entrará como un flujo turbulento, lo que como consecuencia significa menos aire, y, por lo tanto, menos oxígeno. A menor oxígeno, menor claridad mental y menor consciencia.

En más de una ocasión hemos dicho que en esta crisis mundial ha habido miles de muertos pero millones de víctimas, entre ellas nuestros hijos e hijas. Los niños que ni han sufrido esta enfermedad ni han padecido sus consecuencias, es posible que en un futuro enfermen porque no pueden vivir su espontaneidad, aunque más de una madre o padre verá que el niño o la niña pequeña que ha ido a la escuela con la mascarilla con el dibujo de un árbol vuelve con otra con el sol entre las nubes. Ningún maestro podrá impedir que los niños se intercambien mascarillas como cuando intercambian cromos.

El coronavirus es algo ajeno, extraño a vida de los niños, y no debe ser, no puede ser usado para cercenar el desarrollo emocional de nuestros pequeños. ¿Qué pasará con la inocencia con la que el niño viene al mundo, su confianza ilimitada y la enorme capacidad de asombro o sorpresa cuando se encuentre con unas normas rígidas y tenga que afrontar las presiones externas que les impiden el juego y el encuentro? ¿Qué pasará con sus ganas de explorar y conocer el mundo? ¿Qué pasará con los juegos? ¿Se permitirá el contacto? ¿Se compartirán los lápices? ¿Habrá abrazos cuando se marcan los goles?

Si educamos a los niños en rechazar los besos, abrazos, en ocultar las sonrisas, si les impedimos ser niños, jugar como niños, relacionarse como niños, expresarse espontáneamente como niños, estaremos creando un futuro oscuro para cuando esos niños se hagan adultos, estaremos generando unas relaciones congeladas, una sociedad fría, donde la criatura humana será menos humana. Como dice la docente e investigadora Heike Freire el abrazo en el niño es una necesidad psíquica imperiosa como la de comer, dormir o moverse, que no debería impedirse: “Separar a esos dos niños que necesitan abrazarse, yo a eso le llamaría maltrato activo”.

El niño va generando su identidad en la relación con el otro, se va construyendo a través de la mirada del otro, de la sonrisa del otro, de lo que el otro le devuelve, pero ¿qué ocurrirá en este futuro incierto como nunca antes, cuando desaparezca la sonrisa del maestro o la maestra para el niño, y la sonrisa del niño o de la niña para el maestro o maestra? ¿Qué ocurrirá con las relaciones humanas entre los niños?

La individualidad humana se expresa sin duda ninguna en la cara. No podemos identificar a los otros por sus pies o por sus manos, pero sí al contemplar su cara. Cuando un niño pequeño o no tan pequeño ve puesta una mascarilla deja de ver la expresión emocional de la persona, y no tenemos que olvidar que en su mayor parte el lenguaje entre dos personas es gestual, no es verbal.

Los niños necesitan con-tacto. Cuando el niño ve la sonrisa del adulto se siente comprendido, se siente apoyado, se siente acompañado y amado, pero sin contacto el niño va sintiendo desaprobación y desencuentro, miedo y distanciamiento, y su salud, inevitablemente, se verá alterada tanto en lo psicoemocional como en lo orgánico. ¿Qué efectos colaterales tendrá a corto y largo plazo la sonrisa enmascarada?

Todos los que vivimos una escuela nacional franquista en nuestra niñez, una escuela donde los movimientos eran restringidos, las opiniones discrepantes calladas, y sufríamos la imposición de normas sin sentido sabemos valorar la libertad y el encuentro en la escuela y en la vida. Y el miedo provoca más miedo, ante los demás y ante la vida. El miedo cercena uno de los pilares básicos de la salud, la confianza y la seguridad. A consecuencia de ellos depositamos la seguridad en un objeto externo, la mascarilla, el distanciamiento, la vacuna…

Los niños de hoy se volverán más desconfiados en un futuro ante un virus amenazador, malvado y lleno de las cualidades humanas más oscuras, al que hay que combatir, matar, destruir, aniquilar, antes de que acabe con nosotros. Pero si queremos una escuela humana no deberíamos educar a nuestros hijos privándolos del contacto con los amigos o compañeros de clase, ni abogar por la teleeducación, para supuestamente evitar la propagación de un virus invisible. En tal caso la urdimbre afectiva del niño quedará tocada, y eso también es causa importante de enfermedad. No es una infección vírica, pero es una enfermedad.

Nuestra pregunta es, ¿queremos ir hacia un sistema educativo guiado por la humanidad y la salud, por la libertad y la voluntad, por los sentimientos y las emociones, y no solo por los pensamientos y conceptos teóricos; ó queremos retroceder varias décadas e imponer un modelo de sumisión, dominio y sometimiento? ¿Queremos ir hacia una educación basada en el encuentro entre seres humanos o hacia una pedagogía sin alma, donde perdamos la esencia de la condición humana?

Amalia Castro Menéndez, psicóloga
Karmelo Bizkarra Maiztegi, médico

4 comentatios

  1. Olmo

    Gracias a los dos!
    Comparto!!

  2. Carmen

    Excelente descripcion.,de las grandes dudas que surgen ante actitudes tan recortadas,durante tan prolongado tiempo.Un ciclo lectivo sin escuela,sin compañeros,sin maestros,sin encuentros entre toda la comunidad educativa,tiene un recorte mayúsculo,del cual se desconoce como aliviar sus derivaciones …….

  3. Estoy absolutamente de acuerdo con vuestras reflexiones.
    Estas normas tan estrictas y a veces incomprensibles para los niños menores de 12 años como la obligatoriedad de la mascarilla includo al aire libre van a tener consecuencias desastrosas enel desarrollo fsico,psíquico mental i emocional i social de la infancia.
    No entiendo como maetros /maestras psicologos y pedagogas no alertan a los politicos

  4. Totalmente de acuerdo. Gracias por expresarlo con tanta claridad, y mencionar a estas personas que son grandes referentes de una vida más coherente y sana. Mila esker!

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