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Tristeza

Tristeza

Habitar la tristeza para sanarla

La tristeza es una emoción humana, muy humana. Como toda emoción, es adaptativa y sana en ciertos momentos, como en situaciones de pérdidas o duelos. En todos esos casos sentir y expresar la tristeza en sí misma es saludable y repara. El problema empieza cuando la inhibimos, cuando no nos permitimos sentirla o cuando la reprimimos, es decir; cuando la sentimos pero no la expresamos. Entonces puede cronificarse y dar lugar a un estado permanente de melancolía o incluso llegar a la depresión.

El origen de la tristeza

A veces, la causa de la tristeza es algo concreto, por ejemplo, la muerte de un ser querido. Pero otras, no tiene una sola causa, sino que es el resultado de múltiples y pequeñas vivencias a lo largo de los años; situaciones de adversidad, pérdidas, frustraciones, metas e ilusiones no alcanzadas… Se origina por el dolor producido al no llegar a conseguir lo que se desea.

El sufrimiento y el dolor no son lo mismo que la tristeza, pero sí la originan. En ocasiones, solucionamos la tristeza, pero no el dolor que está por debajo de ella. Entonces, la tristeza vuelve.

Cuando la atendemos y escuchamos lo que viene a decirnos, la tristeza se va por sí misma; se disuelve con las lagrimas. Pero si huimos de ella, intentando evitarla, nos persigue y se enquista, cronificándose bajo la apariencia de que “no pasa nada”.

Decía Alexander Lowen: “Las lágrimas son como la lluvia de una tormenta, limpian el ambiente”.

El aburrimiento, el cansancio vital o falta de sentido de vida pueden dar paso al mundo de la tristeza e incluso a la depresión. La persona se siente vacía y desanimada. Si se fija solamente en lo que le falta, es posible que no vea lo que tiene. Valorar lo que uno tiene, agradecerlo, saborear lo que hay y lo que es, se convierte en el principal antídoto frente a la tristeza y en una de las fuerzas más curativas de la naturaleza.

En ocasiones, la tristeza profunda se enmascara con una actitud de engañosa alegría. Hay personas a las que les da miedo entrar en su núcleo interno de tristeza y lo disfrazan con la sensación de alegría y una sonrisa forzada. ¡A mí no me pasa nada!

Otra manera de disfrazarla es llenar los espacios con una actividad compulsiva. Las personas que están continuamente activas, llenándose de estímulos o de sustancias excitantes como el alcohol o el café, puede que lo que estén intentando sea salir de una sensación de tristeza prolongada. El exceso de comida o los alimentos dulces pueden ser, igualmente, mecanismos de fuga.

Sin embargo, si nos paramos un poco, probablemente caeremos en la cuenta de que nada de lo que hagamos nos liberará de una manera profunda, ni completamente, de ese estado emocional. Si anulamos la tristeza, anulamos la capacidad de sentir y con ella,  también desaparece la capacidad de disfrutar.

La tristeza en el cuerpo

La tristeza es una emoción muy corporal: la columna cae, la pelvis está rendida hacia delante, disminuye la respiración, el cuerpo tiene una postura de estar abandonado a la fuerza de la gravedad, el caminar es lento, los pies se arrastran, no hay ganas de hacer nada…

El bloqueo en la respiración produce a veces una sensación de ahogo o dificultad. Tenemos ganas de llorar, sentimos un vacío interno o una sensación de dolor profundo… Los pensamientos giran en torno a lo que no tenenos, lo que no hemos conseguido o lo que hemos perdido.

La tristeza como emoción corporal se encuadra dentro del grupo de las emociones de lejanía afectiva pasiva, ya que nos hace sentir alejados de los demás y del mundo. Cuando aparece, nuestro cuerpo se repliega hacia el interior, se recoge, nos metemos dentro de nosotros mismos y la energía vital se vuelve centrípeta, minimizando el contacto con el exterior.

Es pasiva porque paraliza todos los sistemas de acción externa. No hay movimiento. La energía vital es tan pobre que no invita a una presencia sino a una ausencia. Hay además, una falta de ánimo o desilusión.

Lo característico de la expresividad de la tristeza corporeizada es la presencia del llanto, el sollozo, las lágrimas, el gemido…

Cuando reprimimos las lágrimas, la emoción de la tristeza se “ancla” en el cuerpo y no se manifiesta hacia el exte- rior. Lo no exteriorizado por la palabra o por el llanto se expresa en el cuerpo y, con frecuencia, en forma de tensiones musculares, sensaciones de tener un “nudo” en diversas zonas, incluso molestias, trastornos y enfermedades.

Cuando tenemos ganas de llorar y nos reprimimos, sentimos un nudo en la garganta. Otras veces, la tristeza anida en la boca del estómago, dando lugar al nudo que todas y todos, alguna vez, hemos sentido.

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