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Alegría

Alegría

La alegría, una emoción sanadora

La alegría es una emoción expansiva que tiende a expresarse y es, en sí misma, mucho más, cuando se comparte porque se contagia. Cuando estamos contentos nos sentimos libres, llenos de fuerza, la vida tiene sentido y podemos disfrutar con nosotros mismos y con todo el mundo, en el aquí y en el ahora.

Sin embargo, si tendemos a buscar el placer como huida a nuestras vidas sin color a través, por ejemplo, del sexo, la bebida, las drogas o las experiencias intensas, esa búsqueda superflua nos engancha y nos hace dependientes (dependientes de la propia búsqueda) y nos llena de sufrimiento. El placer sano no tiene nada que ver con la dependencia, sino con la sencilla inocencia de un niño que juega y que es capaz de sorprenderse por todo y ante todo, porque no vive desde la mente, sino desde lo que ya es (y nada busca).

La risa y la carcajada nos desbloquean el diafragma y nos permiten soltar las ansiedades, angustias o miedos retenidos. El cuerpo se abre y se ensancha, dándonos la oportunidad de desdramatizar los duros acontecimientos de la vida diaria y ayudándonos a liberar tensiones. Al reírnos, las endorfinas liberadas en el cerebro actúan como un analgésico natural y, por tanto, disminuyen la intensidad de cualquier sensación dolorosa, produciendo un estado de placer y bien-estar. Además, aumenta la relajación, la flexibilidad muscular y la capacidad inmunitaria. No es casualidad que ya en la antigüedad, Aristóteles dijera que la risa es “un ejercicio corporal valioso para la salud”.

Actitud ante la vida, agradecimiento y desapego

Aunque las circunstancias exteriores nos influyen, el verdadero gozo no viene de fuera, sino que brota de nuestro interior, dependiendo más de nuestra actitud ante la vida; no tanto de lo que tenemos o de lo que no, sino de lo que somos. Es desde ese movimiento interno, que felicidad y alegría van siempre de la mano.

La alegría es un estado activo que nos lleva a la acción. Sentir,  valorar, apreciar y agradecer lo que tenemos en el presente (y presente también significa “regalo”) nos acerca al bienestar, y lo contrario sucede cuando nos centramos en obtener lo que deseamos. El sentir agradecimiento por lo que ya somos y por lo que tenemos, nos hace no depender de lo que esperamos. En esa actitud consciente, no estamos predispuestos a la tristeza ni a la rabia y, aunque no se cumplan nuestras expectativas, no lo vivimos como una pérdida ni experimentamos frustración alguna. Para las filosofías orientales, la felicidad y la alegría tienen que ver con el desapego. No estar apegado a nada ni a nadie y, al mismo tiempo, vivir todo lo que nos trae la vida. En eso consiste.

Autoestima, humor y presente

La aceptación de uno mismo y la autoestima están muy relacionadas con la alegría (de ser quienes somos en realidad y no quienes deberíamos ser, o quienes a los demás les gustaría que fuéramos). Es la otra cara del sufrimiento, que tiene que ver con las resistencias que oponemos a las situaciones que nos trae la vida o las expectativas no satisfechas.

El sentido del humor nos ayuda a “no tomarnos la vida tan a pecho”, a desdramatizar, a salirnos de nuestro rol, a disfrutar del paseo con nuestro niño interior… Muchas veces, cortamos la emoción de la alegría o la risa por miedo a “hacer el ridículo” y eso sí es una verdadera pena, porque el humor y el amor viven en el mismo rellano y tanto el uno como el otro ayudan a crear ambientes relajados y a romper las tensiones entre personas. A todos nos gusta que nos reciban con una sonrisa en los labios o con un gesto amable.

La risa y la sonrisa son las máximas expresiones de la alegría. La forma de respirar en la risa es justo la opuesta a la tristeza o al llanto. En la risa, hay sacudidas al expulsar el aire y una inspiración rápida a continuación. En el sollozo, hay una inspiración en sacudidas y una espiración rápida después.

Cuando llega la alegría, hay que vivirla, no hay que dejarla pasar. Y es que la sensación de que el tiempo transcurrido pasa muy rápidamente es total cuando una persona está contenta. Por eso decimos que la alegría vive en el presente.

A veces, el sufrimiento vivido anteriormente, nos hace valorar más la vida en su día a día. Una persona que por accidente o enfermedad grave ha experimentado el dolor y ha estado al borde de la muerte siente y valora más la sencilla alegría de vivir, como apunta Khalil Gibrain:  “Cuanto más hondo es el agujero que excava la tristeza en tu ser, más la alegría puedes contener”.

La euforia no es alegría

Dicen los orientales que en lo más profundo de nosotros, en un pequeño rincón, existe aquello que llaman la sonrisa interior, que puede surgir y expandirse por nuestro organismo, por nuestra mente y “contagiar”a todas las personas que nos acompañan.

Pero hay un tipo de alegría desmedida, que nada tiene que ver con esa dicha interior mencionada y que suele estar conectada con la depresión, como una de sus fases. Es la euforia. Esta emoción desmesurada puede descentrarnos, desequilibrarnos, especialmente cuando la buscamos a través de sustancias que cambian la percepción, la sensibilidad y la interpretación del mundo.

En una sociedad en la que no se vive el placer sano o la simple dicha de vivir, se busca a la desesperada un placer artificial a través de otros mecanismos que desinhiben, como en el caso de las drogas, que alteran nuestra mente racional, haciendo surgir el inconsciente y aquello que Jung llama la sobra, es decir, nuestros impulsos, deseos e instintos no aceptados. Las drogas despiertan algo no vivido y en cada persona, sus efectos son diferentes. No es alegría sino euforia desmedida lo que nos traen estas sustancias, amplificando la situación emocional previa de quien las consume.

En otro lugar, muy diferente, se halla la capacidad que el ser humano tiene para aumentar o predisponerse a estar o, mejor dicho, a ser alegre. Esto no impide que vengan días oscuros en los que la vida parece que pierde color. Las personas que tienen más contacto con ellas mismas y mantienen más integradas sus emociones no olvidan que hasta en los días nublados, detrás de las nubes, permanece el sol. Y volverá a salir en el momento menos esperado.

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