Los alimentos en nuestra cultura

El ser humano, a diferencia de los animales que viven en la naturaleza, come sin hambre cuando es la hora de comer, a las dos de la tarde, aunque tenga el estómago lleno. Come cuando está aburrido, con ansiedad o ingiere alimentos cuando nota una vacío en la boca del estómago debido a problemas psicológicos. Las personas, quizás en esos momentos no comen, tragan, llenan el estómago en un intento de escapar a sus preocupaciones o frustraciones. Parece que las penas con pan son menos.

En palabras de Guy-Claude Burger, en su libro “La guerre du Cru” (La guerra del Crudo): 
”Según Freud (que inició el Psicoanálisis), el mayor traumatismo de la existencia se produce en la primera infancia cuando el niño debe reprimir las presiones amorosas que experimenta con respecto a sus padres. En efecto, el niño espera amor y recibe sopa y patatas. Esto no le llena el corazón, sino el estomago, que está justo un poco más abajo. Los alimentos que se le dan se vuelven entonces los símbolos del amor de sus padres. Más tarde, cuando tenga una dificultad, una depresión, una pena, se volverá a enganchar a los alimentos que representan aún  el amor de su madre en su inconsciente. A la vez es un símbolo y un sustituto. Sustituto porque produce una gratificación cercana a la del amor. Se dice que el amor pasa por el estómago”.

De acuerdo con él pensamos que la comida es un sustituto del amor en muchas personas carentes de cariño, carencia real o porque así lo viven a pesar de tenerlo. Cuando nos falta cariño echamos mano a la comida, a la bebida, al tabaco… Satisfacción para la boca (satisfacción oral), regresión de la parte de niño o niña que hay en nosotros, para llenar ese vacío.

Al contrario, cuando los problemas psíquicos provocan el bloqueo del diafragma y un mal funcionamiento del plexo solar, sentimos un «nudo» en la boca del estómago, y una disminución del apetito y una sensación de «cierre» digestivo.

El hombre come sin hambre y la mujer también, y a los niños se les obliga a comer, aunque con frecuencia cuando sufren una crisis: catarro, anginas, fiebre… se les quita las ganas de comer. En ese momento el organismo necesita eliminar las sustancias de desecho y tóxicas acumuladas, e igualmente precisa reparar las zonas enfermas. No quiere gastar energía en la digestión y asimilación de los alimentos. Pero casi siempre la mente domina al cuerpo, lo reprime, aunque proteste, y a veces la protesta del organismo es clara en forma de nauseas y vómitos.

Hay un momento para cada cosa, momentos para comer y momentos para no comer, momentos para alimentarse y momentos para ayunar. Entre estos dos momentos podemos mantener un equilibrio.

Desgraciadamente gran parte de la humanidad no tiene qué comer, mientras que la otra parte no sabe dejar de comer. Sólo con dejar de comer de vez en cuando, además de una disminución de la cantidad ingerida, podemos equilibrar esta balanza. Con la cuaresma de los católicos, (la de antes) el ramadán de los musulmanes, los ayunos de purificación en la mayoría de las civilizaciones y religiones del mundo, además de una interiorización espiritual se busca una harmonización con la ingesta excesiva del tiempo normal. Pero para « dejar» de comer hay que estar un poco sano mentalmente o mantenerse en lo posible en un estado de tranquilidad.

El niño pequeño llora no sólo cuando tiene hambre, sino también cuando tiene frío, cuando le irrita el culito por la orina o las cacas, cuando se siente abandonado, o nota que su madre está nerviosa o con ganas de pegarle una torta porque se siente con necesidad de descargar su tensión psicológica. Pero la actuación de la madre, considerada como la normal, es la de darle el pecho, el biberón, o la papilla, llenándole bien el estómago. Con frecuencia no se plantea el por qué de su lloro, sino que le «cubrirá» la angustia con la comida.

Quizás sea éste uno de los mecanismos más importantes y repetidos a lo largo de nuestra vida. Me siento abandonado, «que no me quieren», «que no me salen las cosas como yo quiero» o tengo miedo de lo que puede ocurrir; y descargo o tapo mi ansiedad con la ingestión de alimentos, y con frecuencia no como sino trago, lleno el estómago. Este acto, repetido muchas veces y sin descanso, se graba en el inconsciente y es algo que surge muy fácilmente a la menor contrariedad. En esos momentos no hacemos más que pasear una y otra vez hacia el frigorífico o a la «despensa». El niño pequeño cuando se siente con ansiedad, necesita sentirse querido o protegido, se pega a la madre y mama de su pecho. El adulto se pega a la comida para «llenarse», cubriendo así el vacío emocional que surge en la boca del estómago.

La palabra griega dieta servía para denominar el régimen general de vida, no solo la comida o la bebida. Según las enseñanzas hipocráticas la «diaita» (dieta) abarca la alimentación (comidas y bebidas), los ejercicios (gimnasia, paseos, descanso, baños), la actividad profesional (y por ello el grupo social) las características del país donde vive la persona (situación geográfica, clima) y la vida social y política.  Cuando en nuestra vida no hay equilibrio en el movimiento (ejercicio, descanso….), en el trabajo, en las relaciones sentimentales y sociales, cuando esta parte de nuestra vida no marcha bien, descargamos nuestra ansiedad en el comer. La alimentación o dieta correcta tiene que ir a la par de otras «dietas» según el concepto antiguo. Sinceramente no creemos que se pueda comer sanamente si no llevamos una vida emocional, psicológica y social más o menos sana, y al menos hay que intentarlo.

En el acto de comer no sólo ingerimos comida sino que también la degustamos. Sentimos el gusto de los alimentos y sería más exactamente así si no comiéramos tan rápido, viendo las «malas noticias» de la televisión que te agrian hasta los jugos intestinales mas suaves. Muchas veces no somos conscientes de que estamos comiendo porque estamos pensando en cualquier otro asunto o preocupación. Y como alguien decía, «allá donde está tu mente estás tú». Aunque tu cuerpo coma, si tu mente está, en un «vuelo sin motor» a cien kilómetros de distancia, pensando en otras cosas, tú ya no te das cuenta del gusto de los alimentos.

La nuestra es una cultura del derroche y del consumo y en la comida no podía ocurrir mas que lo mismo, comemos hasta que no podemos más y encima a la ansiedad y a la falta del verdadero placer vital que nos hace comer de más, le llamamos «tener apetito», y a mantener la «curva de la felicidad» en la tripa que son cuatro días. Lo confundimos todo. Unos tienen la tripa por comer demasiado y a otros, en los países que sufren «carencia», les crece la tripa por no tener que comer.

Comemos para llenar el estómago más que por gusto y sabemos que cuando comemos en exceso, y gran parte de la energía y la sangre del cuerpo se centralizan en el estómago, pensamos menos, le damos menos vueltas a la cabeza. No hay tanta energía para el funcionamiento mental. Una gran comilona nos da sensación de sueño.

Las costumbres de nuestra familia, los alimentos ingeridos en la infancia, nos marcan hacia una apetencia, con frecuencia insana. La comodidad de enviar a los niños con los «donuts» con agujero y las chucherías que te hacen el agujero en el interior, de toda la porquería que entra en el cuerpo, es una insana costumbre. El niño aprende a «estimular» al cuerpo (adición) con esas sustancias y luego la madre se queja diciendo: «es que este niño no me come», sin darse cuenta (?) de lo que influyen los hábitos alimentarios en la buena salud física y psíquica del niño. Cuerpo y mente unidos. 

El gusto y el olor de los alimentos nos traen recuerdos, imágenes del pasado, de nuestra niñez, a veces agradables y otras desagradables.

Según la cultura y los hábitos alimenticios del grupo étnico o social al que pertenecemos, nos atrae un tipo de alimento u otro. Alimentos que en algunas culturas son aceptados y muy estimados: carne de serpiente, perro, ciertos insectos, nos producen un gran rechazo en nuestra sociedad. Y al contrario alimentos como la leche, tan importante en nuestra cultura, produce repugnancia en otras culturas.

Hay que tener en cuenta también que a lo largo de los siglos se han dado verdaderas transformaciones en los hábitos  alimenticios, no olvidemos que gran parte de los alimentos vegetales que comemos (tres quintas partes según R. L. Beals y H. Hoijer) provienen de plantas desconocidas en Europa antes de la llegada de Colón y los suyos a América: la patata, el maíz, las judías o alubias, el tomate, cacahuete, girasol, pimiento, calabaza, boniato…

En la zona mediterránea de Europa predominaba en aquel entonces el cereal (trigo y cebada) la viña y el olivo, y en la zona norte predominaba la recolección de frutos espontáneos, el pastoreo, la caza y la pesca, y algo de cereal. La influencia del sur se propaga hacia el norte y con ello el cereal, la viña, el olivo y la influencia del norte hacia el sur, intercambiando los hábitos alimenticios. Hoy en día los medios de transporte y conservación de los alimentos perecederos han dado lugar a una unificación de los hábitos alimentarios. Igualmente los hábitos de la llamada comida rápida y conocida a veces como “comida basura”: la hamburguesa, el perrito caliente con la coca-cola y los platos congelados han sido el segundo mecanismo de unificación, desgraciadamente. De la misma manera se ha unificado el consumo de cereales, cuando antiguamente cada continente consumía especialmente uno: en Europa y Asia occidental el trigo y la cebada, en Asia oriental el arroz, en América el maíz y en Afrecha el mijo. El cereal, siempre fue y sigue siendo, muy utilizado por su fácil almacenamiento.

Ya los antiguos dietistas decían que los alimentos eran capaces de modificar la constitución corporal (los humores) y que las sustancias al mezclarse, permitían el buen o mal funcionamiento del organismo. La alimentación correcta y equilibrada es una de las piedras angulares de la buena salud. Algún día se aceptará oficialmente que el alimento actúa sobre los psicológico y no hay mas que ver que una comilona excesiva embota el cerebro, la cabeza no puede pensar y da ganas de dormir. La ingesta excesiva trae como consecuencia el continuo embotamiento de muchos de nuestros cerebros, que luego, entre otras cosas, necesitan café y estimulantes para poder funcionar (mal-funcionar).

En nuestra cultura, al igual que en las que nos han precedido, la comida es signo de poder, de posición social y de competencia con el vecino. La arrogancia humana hace que compitamos para que en nuestra boda o en la de nuestros hijos se sirvan los mejores manjares y vinos.

En los últimos años, hemos convertido las comidas de las «primeras comuniones» de nuestros hijos en un signo de posición social, en verdaderos banquetes donde lo que menos importa es  el acto o el niño, y donde tenemos sumo cuidado de que el vecino vea nuestra «posición económica». ¡Todo es apariencia! Lo que si ocurre ciertamente es que tras estas celebraciones aumentan los trastornos digestivos y el consumo de bicarbonato y antiácidos. Las comidas de negocios son otras de las ocasiones especiales que se festejan comiendo, cuando el comensal tiene la tripa llena y la cabeza “ligera” por el alcohol es un «buen momento» para hacer tratos.

Y no hablemos del alcohol… porque hay más de uno que cree, o le conviene creer, que el vino ayuda a la digestión de los alimentos, la ginebra calma los dolores de estómago y el whisky dilata las arterias del corazón. ¡Hay disculpas para todo!

Grandes acontecimientos de nuestra vida nos reúnen alrededor de la mesa y eso es bueno. El problema comienza con los excesos, especialmente frecuentes en los últimos años, ya que las pantagruélicas cenas que antes se hacían durante la Navidad, ahora pueden ser igualadas y superadas, cualquier día y en cualquier momento.

Dr. Karmelo Bizkarra
Centro de Salud Vital Zuhaizpe 

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