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Con los alimentos nos construimos o nos destruimos

Tiempo de lectura: 12 minutos

“Ciencia sin consciencia no es más que la ruina del alma”.
François Rabelais, famoso escritor francés del Renacimiento (1494–1553)

Hábitos alimenticios, elegidos o dirigidos

En las últimas décadas ha habido una gran transformación en los hábitos alimentarios de los occidentales, algunos elegidos, otros dirigidos. Muchos ordenados por grandes multinacionales o transnacionales, que nos han adiestrado en una alimentación refinada, manipulada, adulterada, «no perecedera» (lo que no tiene vida tampoco puede morir) y llena de sustancias de síntesis o químicas.

En consecuencia nuestra alimentación ha dejado de conformarse a base de nutrientes para pasar a ser meros comestibles. Dichos comestibles son sustancias que se pueden comer, pero no indica que contengan nutrientes, y menos aun nutrientes saludables.

Las multinacionales o trasnacionales de la agricultura han favorecido la enfermedad por su forma tan desequilibrada de producción, apoyando una agri-cultura que deja de ser cultura para llenarse de tóxicos de síntesis y biocidas. Estas mismas empresas fabrican los medicamentos que se van a usar luego para tratar o mal-tratar las enfermedades que han sido originadas por los cultivos intensivos, pesticidas, herbicidas,…

La transformación, manipulación y refinamiento de los alimentos altera especialmente las partes vitales de los mismos, las vitaminas, minerales, antioxidantes, pigmentos naturales… Las mayores alteraciones sufridas por los alimentos, durante miles y miles de años, han tenido lugar durante el último siglo. El organismo humano puede reconocer, en su memoria celular, el maíz tierno, pero es incapaz de reconocer algo tan transformado y desvitalizado como los «corn flakes» tostados y llenos de azucares desnaturalizados, por mucho que a esa masa la llamemos cereales. Los alimentos que se utilizan desde hace miles de años son, quizás, reconocibles por la memoria celular del organismo, los industrializados son objetos extraños que el cuerpo no puede incorporar ni hacerlos partícipes de su organización.

Al mismo tiempo se ha dado un aumento de la ingestión diaria de calorías, incluidas las calorías vacías (sin sustancias nutritivas) del alcohol; una manipulación y refinamiento de los alimentos; una carencia o subcarencia de vitaminas, minerales, oligoelemento y antioxidantes, un aumento del consumo de carnes y grasas obtenidas en granjas de explotación animal, una destrucción acelerada del equilibrio de la tierra que crea plantas enfermas, etc. La salud de la tierra, de los vegetales, de los animales y de los seres humanos está ligada entre sí y si enfermamos la tierra enferma todo lo demás.

 

Alimentos desnaturalizados, con muchas calorías y pocos nutrientes

Las cifras del Departamento de agricultura de los Estados Unidos han mostrado una pérdida de nutrientes en 43 especies estudiadas desde los años 50 del siglo pasado. En un análisis más reciente se ha visto que la vitamina C ha disminuido en el 20%, el hierro en el 15%, la riboflavina en el 3% y el calcio en el 16%. Como señala Brian Halweil, las plantas cultivadas de forma ecológica tienen entre el 10% y el 50% más de sustancias activas que las cultivadas en la agricultura intensiva. El trigo cultivado en USA desde hace más de 130 años, según el Departamento de Agricultura, ha perdido casi un tercio de hierro, zinc y selenio 1.

Los alimentos desnaturalizados contienen menos sustancias activas y muchas más sustancias biocidas. Y como se pudo constatar, en cuanto se propagaron las técnicas de refinamiento, a continuación aparecieron las epidemias desvastadoras como la pelagra y el beriberi, enfermedades carenciales que diezmaron grandes zonas del planeta tierra. Las carencias vitamínicas se desarrollaron, debido a la manipulación del alimento, de forma espectacular.

Actualmente estamos asistiendo a una adulteración light a la que podríamos llamar maquillaje nutricional: los huevos contienen más omega-3, la leche más calcio, los yogures fitoesteroles para disminuir el colesterol, la coca-cola no tiene azúcar, los postres son sin azúcar añadido (con edulcorantes aún más perjudiciales que el mismo azúcar), etc, etc. A los productos o comestibles manufacturados, se les añade una sustancia supuestamente saludable o dudosamente favorable y se les pone la etiqueta “bueno para la salud” o con aditivos autorizados. Estos aditivos químicos, por ejemplo, pueden alargar la vida de los alimentos a costa de desvitalizarlos, pero toman parte de los más o menos 40 kg de sustancias o aditivos químicos que ingerimos anualmente en nuestro país.

El engaño etiquetable es a veces tan calculado que aunque en el envase ponga sin conservantes, puede tener aromatizantes o edulcorantes, y es una buena manera de mentir diciendo la verdad.

Colonización alimentaria

El factor económico ha sido siempre trascendental a la hora de elegir los alimentos y fue uno de los motivos importantes que dio lugar al gran consumo de aceites vegetales que sustituyeron al aceite de oliva.iLa característica común de estos aceites es que eran más baratos. Este cambio fue respaldado por un orquestado marketing de empresas y organismo, especialmente trasnacionales, para convencer por todos los medios que los aceites de semillas eran mejores para la salud que el aceite de oliva.

Con el trasfondo de los aceites grasos insaturados y su beneficio (verdadero o supuesto) sobre el colesterol, hubo un aumento del consumo de aceites no conocidos hasta entonces en nuestro entorno. Hoy en día vuelve a reconocerse que el aceite más antiguo en la alimentación humana, el aceite de oliva, es el más recomendable para la salud. Es el aceite que menos se altera con el calor. Todo cambia, y entre cambio y cambio siempre hay alguien que manipula y sale ganando.

Otras veces la sustitución o la invasión gastronómica viene de la mano de la publicidad y el poder económico: Los donuts, la coca-cola, las hamburguesas, los perritos calientes…

La posibilidad de conseguir alimentos frescos de la huerta de los vecinos, del mercado semanal o de la pequeña tienda del barrio va en disminución. Se ha pasado de la elaboración casera y artesanal a la industrial, donde unas máquinas cocinan para nosotros de forma aséptica, sin el contacto humano con el alimento. Antes la producción y el consumo de alimentos era más local, mientras hoy dependemos de una producción cada vez más alejada del lugar en el que vivimos.

La preparación de los alimentos se ha desplazado de la cocina a la fábrica, a las grandes industrias de “alimentación”. La aparición de los hipermercados ha cambiado también radicalmente los hábitos alimenticios. Ya no se hace la compra diaria, el pan fresco, la leche del día; sino que se hace la compra para toda la semana: el pan tostado o en molde, la leche esterilizada que dura meses y ni se pierde, los congelados para varios días, y todo ello sin hablar ni una sola palabra con nadie del establecimiento. Un signo más de individualismo en una sociedad donde cada vez contamos con menos gente que nos escuche.

Hemos perdido contacto con los ritmos de vida, no sabemos si la verdura que hay en el supermercado es de invernadero, está tratada o viene del otro lado del océano Atlántico. Hemos olvidado las épocas de cosecha de las verduras. Comemos cualquier alimento en cualquier época del año.

Más que nunca, en este momento, es necesaria una educación alimenticia infantil para que los niños coman menos porquerías (porquería viene de puerco): menos cola-cao, chip-chops, choc-crup, gominolas de plástico y chucherías químicas sintéticas. Una cultura alimenticia popular y sana reduciría mucho la frecuencia de la mayoría de las enfermedades crónicas y evitaría la manipulación y el abuso de los animales. Una cultura alimenticia donde la persona eligiese los alimentos más saludables y no se dejase llevar por la publicidad y el marketing de las grandes empresas, en su intento de descerebrar al que ve su publicidad.

Compramos aquello que nos han convencido que compremos, una parte de su dinero no se dedica a costear la comida, sino a pagar lo que al fabricante le cuesta convencerlo a usted de que la compre”, dice Felicity Lawrence.

Métodos actuales de ganadería

Las técnicas de ganadería actuales favorecen el hacinamiento y la inmovilización de los animales en lugares insalubres: se crían sin contacto con la tierra, con falta de espacio, de movimiento, de aire y de sol, lo que altera el equilibrio fisiológico de los animales. Además son transportados en pésimas condiciones y con frecuencia tratados con sedantes para que estén más tranquilos durante el traslado.

Se prioriza la producción, por encima de la salud de los animales. Se les atiborra o ceba de comida para un rápido engorde. Finalmente se les agota, en detrimento de su salud. Se les aporta comida no adecuada, forraje desequilibrado con abonos químicos y contaminado con herbicidas, insecticidas, etc. Estos animales enfermos no pueden favorecer la salud humana.

Se utilizan antibióticos en dosis bajas, por debajo de las terapéuticas, en los alimentos y el agua. Se usan en la ganadería y en acuicultura porque favorecen una ganancia de peso de los animales criados. Antibióticos que ingerimos cuando comemos carne procedente de la crianza intensiva.

En la actualidad las carnes están llenas de grasa debido a que los animales son cebados para que engorden cuanto antes con piensos compuestos (¿compuestos de qué?), no se les deja mover ni hacer ejercicio, se les atiborra de sustancias tóxicas, antibióticos y hormonas, para que engorden más rápido. Esos animales contienen según Marvin Harris el 30% de grasa, mientras que los diferentes herbívoros africanos en estado salvaje contienen un promedio de 3,9% de grasa.

La ganadería de explotación intensiva, tal como se realiza hoy, crea también gran cantidad de desechos que pueden ser contaminantes. Hoy en día la situación llega a ser grave en las zonas con una alta concentración de granjas de cerdos, derivada de la formación de los purines o desechos de dichas granjas.

Los alimentos de origen ecológico, al no contener substancias artificiales, son asimilados correctamente por el organismo sin alterar las funciones metabólicas.

Por el contrario, las sustancias químicas o de nueva síntesis son irreconocibles para el metabolismo del organismo y quedan con frecuencia inalterables, depositadas especialmente en las zonas grasas del cuerpo. El organismo, con toda su capacidad de autorregulación, arrincona los tóxicos en los tejidos grasos para que no perjudiquen a los órganos vitales. Lo mismo sucede en los animales. En consecuencia cuando comemos carne grasa, todas las sustancias tóxicas depositadas y arrinconadas en ella son ingeridas por nosotros y entran a tomar parte de nuestro organismo intoxicándolo.

Producción de carne y contaminación

El informe de la ONU sobre alimentación y agricultura del año 2006 concluye que la ganadería de explotación intensiva es uno de los principales responsables del calentamiento climático. La contribución de la ganadería a dicho cambio climático tiene un gran efecto, y es incluso más elevado que el del transporte. La cría animal es responsable del 65% de emisiones del óxido nitroso, un gas que contribuye al recalentamiento global 296 más veces que el CO2. El metano emitido por la digestión de las vacas (que toleran mal la alimentación a base de piensos compuestos) actúa 23 veces más que el CO2. El 37% del metano mundial proviene de los rumiantes.

El informe de la ONU concluye también que la cría de animales se encuentra entre las actividades más perjudiciales para los recursos del agua, a causa del vertido masivo de pesticidas y excrementos de animales en los cursos del agua.

Algunos animales son forzados a sobrealimentarse, por ej. las ocas. Su hígado, una vez enfermo, es utilizado como paté o “foie gras”, en francés hígado graso. En medicina el hígado graso es un hígado patológico. Comemos el hígado enfermo cuando comemos “foie” y además no tenemos en cuenta los derechos del animal cuando permitimos dicho abuso. Los animales en las granjas son mercancías. No se les contempla como seres sintientes.

Los pesticidas usados en el campo se concentran más en la carne que en las verduras o en las frutas. No sirve el argumento de que todo está contaminado ya que la carne está mucho más contaminada que las verduras. Según Harvey Diamond los productos animales tienen nueve veces más pesticidas que los vegetales. 3

En apoyo de una agricultura ecológica

La agricultura, como señala Philippe Desbrosse, le da al ser humano el poder de intervenir sobre el equilibrio de la naturaleza, de manera que puede ganar en libertad e independencia y satisfacer además sus necesidades y sus deseos. Pero también, la no consciente o imprudente actitud de agricultores, y la multinacionales agrícolas, empresas de fabricación de pesticidas y herbicidas, multinacionales que blindan y explotan la venta de semillas transgénicas, etc.,etc… puede dar al traste con el equilibrio de la naturaleza y afectar, de paso, la salud de los habitantes de la tierra, seres humanos incluidos.

El agotamiento de la fertilidad de la tierra y la contaminación de ésta y de las aguas subterráneas por la actual agricultura y ganadería intensiva indican claramente que el ser humano está escupiendo hacia el cielo obviando la acción inevitable de la fuerza de gravedad.

En cambio, con la agricultura ecológica no se pone en riesgo la salud de los consumidores ni de los productores. Favorece un pensar eco-lógico, sin apoyar la explotación de la tierra sin escrúpulos. Favorece un desarrollo sostenible de la agricultura. Los elementos biocidas o elementos que desequilibran o destruyen la vida son utilizados en la agricultura química, mientras los elementos bioactivos o favorecedores de los procesos vitales son los que se utilizan en agricultura ecológica.

El paradigma o visión global de la agricultura ecológica es favorecer el equilibrio y la salud de la tierra que se expresa en la salud de las plantas que crecen de ella. El paradigma de la agricultura química se basa, por el contrario, en la explotación de la tierra, y cuando el equilibrio se pierde y se expresa en forma de plagas, luchar contra las plagas con más sustancias químicas. Sin intentar devolver el equilibrio a la tierra que nos alimenta, acabamos con los insectos. Es el arte de poner parches sin favorecer el equilibrio y la salud de la tierra.

Los alimentos ecológicos tienen más gusto y el organismo mejora su salud al consumirlos. La elección de productos ecológicos supone un compromiso con la naturaleza, con la tierra, con los agricultores responsables y un compromiso con nuestra salud y la salud de las generaciones venideras.

Ventajas de la producción ecológica y desventajas de la química

La producción ecológica es un sistema agrícola que promueve y mejora la salud de los sistemas agrarios (o del organismo agrario) y con ello la salud del organismo humano, favoreciendo la diversidad de las especies, los ciclos biológicos y la actividad biológica del suelo. Mejora la salud de productores y consumidores al evitar biocidas y otros productos tóxicos, y mejora la calidad alimentaria.

La tierra es un organismo, no un mecanismo que podemos manipular o “utilizar y tirar”. Su complejidad es mucho mayor de lo que imaginamos y cuando intervenimos, sin tener en cuenta el equilibrio y la capacidad de autorregulación de la vida, provocamos desequilibrios, trastornos, enfermedades de la tierra y de los que vivimos en ella.

La introducción de sustancias de síntesis, muchas de ellos tóxicas, que no aparecen normalmente entre los seres vivos es particularmente peligroso porque no existen enzimas específicos para descomponerlas y se ignora el efecto a más o menos largo plazo.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, las grandes industrias químicas que producían nitratos y fosfatos para los explosivos se quedaron sin clientela que comprara sus existencias. Entonces se vieron obligados a buscar nuevos mercados para sus productos. Experimentos anteriores habían mostrado que muchas plantas crecían si se les suministraban las cantidades correctas de tan solo tres elementos: nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K). Entonces los fabricantes de productos químicos para explosivos comenzaron a vender fertilizantes NPK a los agricultores, y siguieron haciendo negocio.

La mayoría de los pesticidas utilizados son altamente tóxicos, repercutiendo en todo el medio ambiente, con efectos acumulativos; pueden producir cáncer, daños genéticos, malformaciones de nacimiento, dermatitis por contacto, problemas respiratorios y neurológicos, depresión del sistema inmunitario o alterar la producción hormonal de los organismos vivos. Y estos contaminantes afectan tanto a los agricultores que los diseminan como a los consumidores que los ingieren. Los mal llamados fitosanitarios (insecticidas y pesticidas), no son más que tóxicos para el agricultor, para la tierra y para el que los ingiere.

Los alimentos de la agricultura y ganadería intensiva, no sólo están dejando de cumplir su finalidad de nutrir al ser humano, y por tanto de generar salud, sino que además, son causantes de las enfermedades degenerativas actuales.

Transgénicos no, gracias 

Otro asunto grave corresponde a los transgénicos. La naturaleza no es un mecanismo, es un organismo vivo e interdependiente y queda alterada desde el momento que soltamos en ella un gen que puede alterar al receptor y que además se reproduce, generando otros genes y alimentos alterados. Esta clase de biocontaminación es incluso más tóxica que la contaminación química. No se puede controlar.

La agricultura basada en los transgénicos no es una agricultura sostenible y mucho menos solidaria. Toma parte de una estrategia de control de los alimentos, en manos de 4 ó 5 empresas transnacionales (Monsanto, Syngenta (antes Novartis), DuPont (al que pertenece Pioneer Hi-bread, Bayer y Dow), bajo una lógica industrial de mucha producción y donde lo que cuenta finalmente son los beneficios, el dinero, no la salud de los que consumen los alimentos que “fabrican”.

Según Juan Felipe Carrasco, responsable de la campaña de transgénicos de Greenpeace, el 70% de los alimentos industrializados llevan derivados del maíz y de la soja; sabiendo que más de la mitad del maíz y de la soja son transgénicos se calcula que del orden del 40% de alimentos llevan transgénicos. La gran mayoría de los piensos compuestos para criar animales contienen derivados transgénicos incluidos los utilizados en la acuicultura. Los productos de los animales que consumen estos piensos transgénicos: carne, leche, huevos, son ingeridos por nosotros sin conocer esta procedencia.

A España llegan, según Greenpeace, unos 6 millones de toneladas de soja, de las que aproximadamente dos terceras partes es transgénica, y casi dos millones de toneladas de maíz que ha sido cultivado en países que han optado por el uso masivo de transgénicos.

En 1999 la Asociación Médica Británica, recomendaba aplicar el Principio de Precaución: habría que realizar mucha más investigación sobre los riesgos sanitarios de los alimentos transgénicos y sobre los efectos ambientales (especialmente a largo plazo).

En el 2004 volvía a reclamar estudios sobre las repercusiones a medio y largo plazo de los transgénicos en la salud humana y el medio ambiente.3 Pero no hay peor sordo que el que no quiere oír, o no quiere dejar de beneficiarse a costa de la salud de los demás.

Muchas son las alteraciones posibles que pueden surgir de la ingestión de productos transgénicos: procesos alérgicos a las proteínas extrañas, aparición o conversión en sustancias toxicas, cáncer por inserción de virus o plásmidos en la cadena genética, que las bacterias incorporen genes resistentes a los antibióticos, alteraciones de las propiedades nutritivas, de los componentes y del aspecto de los alimentos… Pueden ocasionar alteraciones generales, hormonales e inmunitarias y también riesgos ecológicos impredecibles y contaminación de los campos cercanos o biocontaminación.

En conclusión y para terminar, podemos aplicar en agricultura y ganadería lo que decía Hipócrates: “Primum non nocere”, antes de nada no hacer daño.

 

Bibliografía Seleccionada:

  1. Nutrition, mensonges et propagande. Michel Pollan. Thierry Souccar Editions.Francia. 2008.
  2. ¿Quién decide lo que comemos? Felicity Lawrence. Tendencias editores. Barcelona.
  3. Transgénicos: el haz y el envés. Jorge Riechmann. Catarata. Madrid. 2004.
  4. El arte de saber alimentarte. Karmelo Bizkarra. Editorial Desclée De Brower. Bilbao. 2011

 

Dr. Karmelo Bizkarra
Director médico del Centro de Salud Vital Zuhaizpe

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